Foco Peronista

La suerte de la fuente

La suerte de la fuente


Mientras tiraba a la fuente la única moneda que tenía cerré los ojos con la mayor fuerza posible. Las cosas no venían bien, más bien venían mal. No sabía si tomar el tren a Manchester o tomar otro trago más.

Decidido con la visión nublada y la ropa desencajada tome coraje y mientras miraba por la ventanilla del vagón pasaban paisajes y visiones un tanto mas claras.

Una vez llegado a la gran ciudad, el olor a combustión, a carbón incinerado me llamó la atención. Las fabricas eran inmensas, las calles abiertas y todo parecía estar en una medida que desbordaba la razón humana.

Con mis 25 años y una maleta con pocas pertenencias, me detuve frente a una cola larga de personas. Atrás quedaban historias y recuerdos de la pequeña ciudad de Chestertown. Pregunté a un muchacho: ¿Qué hacían todos ahí? Que esperaban, a lo que el me respondió con unas secas palabras: “buscamos trabajo”.

Lentamente la tarde caía y después de vagar, me dedique a buscar algún lugar para descansar y pasar la noche.

Al otro día, bien temprano y prolijamente vestido, encaré hacia la fábrica que tenía la chimenea más alta de la ciudad. Buscar trabajo en ese inmenso taller era otra incertidumbre que vino a convivir con las otras.

Andaba de suerte, el mundo del algodón era conocido por mí. Justo cuando los últimos ahorros se estaban acabando, quedé en el trabajo. El salario no era mucho pero era el principio de una nueva vida.

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